Regresó la puntana que fue a una misión humanitaria a Haití

 Regresó la puntana que fue a una misión humanitaria a Haití

Fue convocada por Cascos Blancos para dar asistencia en ese país. “Ellos necesitan la ayuda de todos”, afirmó.

La frase “tarda en llegar y al final hay recompensa” es un claro ejemplo de lo que le sucedió a la puntana María Victoria Hierholzer, de 36 años, licenciada en Obstetricia y estudiante de Instrumentación Quirúrgica. Hace 11 años, tras un terremoto que sacudió a Haití, se anotó para ser parte de Cascos Blancos, un organismo de la Cancillería Argentina. Lo que parecía que nunca se iba a concretar finalmente el 19 de agosto se hizo realidad. Un nuevo sismo sacudió a ese país y por eso fue convocada para brindar asistencia humanitaria.

Todavía su emoción está a flor de piel. Después de un mes, nuevamente María Victoria pisó suelo puntano, pero antes estuvo en aislamiento en Buenos Aires. Durante esos días trató de caer en la realidad y procesar todo lo que vivió en Corail, una región ubicada al suroeste de Haití. Allí trabajó, durmió junto a sus compañeros en un campamento y le recomendaron que lo hiciera vestida, por precaución, dado que podía volver a temblar. “Algunos se acostaban hasta con las zapatillas y siempre con la documentación encima, ya que la necesitaríamos ante una posible evacuación”, recordó.

Como si estuviera en una película, el sábado 21 del mes pasado la puntana se sumó a un contingente formado por 25 voluntarios, entre quienes había pediatras, enfermeros y médicos intensivistas, entre otros. El grupo fue encabezado por la presidenta de Cascos Blancos, Marina Cardelli. Todos se trasladaron desde Buenos Aires hasta Puerto Príncipe, en un avión Hércules de la Fuerza Aérea Argentina. En total, el viaje duró 15 horas y en el medio tuvieron que hacer una parada técnica en Perú, para cargar combustible.

“Cuando vi el avión quedé totalmente impresionada por lo grande que era, pero llegó un momento en que nos queríamos bajar. Tenía pocas ventanas y durante el día entraba el sol, pero a la noche solo contaba con luces verdes. Los asientos eran de campaña y había mucho ruido, por lo que usábamos sordinas”, detalló María Victoria, quien recordó que en un momento escaló entre sus compañeros y logró acostarse en una especie de tabla, aunque no logró dormir.

Al llegar al aeropuerto de Puerto Príncipe, los trasladaron en un helicóptero de la Fuerza Aérea estadounidense por motivos de seguridad, ya que no tan solo había bandas armadas en los caminos, sino que la ruta era poco accesible por el terremoto. Al momento de tocar tierra, expresó que fue complicado, dado que los ciudadanos no sabían a qué se debía su presencia. “Luego de que entendieron que íbamos para asistirlos, se tranquilizaron y fueron muy solidarios”, dijo con los ojos vidriosos. Detalló que en un primer momento iban a estar en un hospital, pero no pudieron hacerlo porque no estaba en buenas condiciones, por lo que se decidió armarlo en una escuela, en donde las aulas se convirtieron en consultorios médicos.

A la hora de comunicarse, María Victoria contó que se habla en francés, pero que mayormente utilizan el criollo haitiano, un dialecto propio. “Algo había estudiado, pero me resultó complicado. De igual modo, todos nos hicimos entender. También contamos con un traductor de ese país que vive en Buenos Aires”, destacó.

María Victoria pertenece al Plan de Inclusión y trabaja en el área de Epidemiología.

Una cuestión que le llamó la atención era que las mujeres no le sonreían y estaban serias. Después de mucho pensar, se dio cuenta de que en salud existe lo que se llama barreras en la atención sanitaria. “Era nuestra vestimenta. Estábamos con ambos, camisolines por la pandemia, gafas y doble barbijo. Cuando comprendí que era difícil llegarles de esa manera, en las consultas tomaba distancia, me corría el tapabocas y les sonreía. Ahí cambió todo”, dijo.

“A pesar de su pobreza, iban con lo mejor que tenían. Las niñas, con moños en la cabeza, vestidos y zapatos impecables. Era una ropa muy cuidada. También había niños que iban descalzos y no tenían qué ponerse”, contó la puntana, con la voz entrecortada, quien manifestó que nunca vivió tan de cerca la pobreza extrema. “Ellos no tienen nada. Hay ciertas organizaciones que les tiran comida desde los helicópteros; al saberlo me dio pena, porque los tratan como si fueran animales”, lamentó.

Sobre lo que significó para ella esta experiencia, confió: “Hay que abrir la mente y el corazón para ver la realidad de ese país. Ser empáticos y llenarnos de la realidad. Ellos necesitan de la ayuda de todos”.

Fuente: El Diario de la República

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